Si tuviera que describir este último mes, la mejor manera de hacerlo sería “la nada empaquetada”. Una expresión que le oí decir a mi marido el otro día. Él la usó para hablar de un entrevistador pésimo que los dos detestamos desde siempre, pero que la masa crítica ama. “Es como escuchar la nada empaquetada”, fue lo que dijo. Yo asentí frenéticamente porque estaba de acuerdo, pero también porque me pareció una manera muy acertada de hablar de mis últimas semanas.
He estado en un limbo emocional que se ha aparejado convenientemente con el limbo ambiental por el que estamos pasando en Miami. Sigue siendo verano, pero veo que una vecina ya tiene el arbolito de Navidad puesto a todo gas en su sala.
El jardín: Sigo cuidando de mis orquídeas con considerable cariño1. Mi perrita asesinó y se comió una ardilla entera en menos de un minuto el sábado pasado. Mi perrita: una dachshund de ocho (casi nueve) años. Me clavé unas espinas de cactus intentando trasplantarlo. El césped está muy mal. Ha alcanzado un punto de no retorno y hemos decidido replantarlo. No sé cuándo. Ahora no. Ahora es el momento de disfrutar de la nada empaquetada.
Hoy tengo el placer de traerles otro jardín ajeno: un texto de Carmen Casanueva, escritora cántabra2 que conocí, para variar, en talleres. Carmen lee, escribe y bebe mucho té rojo. Carmen es buenísima. No sé si persona3, pero escritora, sin ninguna duda. Da igual el tema, la trama, da igual todo. Una se queda leyendo por su prosa adictiva. Os recomiendo que la leáis. Aquí mismo, en su propio Substack y en cualquier sitio o libro en el que veáis su nombre impreso.

Una zarza como
por Carmen Casanueva
Nos perdimos, más o menos, en un bosque que no acababa de ser un bosque sino un amago de un bosque o la antesala de un bosque o un pasillo tortuoso hacia un bosque. En ese territorio a medias vimos una zarza inmensa. Una zarza que parecía bastante consciente y preocupada de su identidad de zarza. Se expandía hacia todos los lados, tupida y nudosa. Apenas entraba la luz. Si hubiera sospechado que iba a acabar hablando de esa zarza, la hubiera fotografiado, pero dejé el móvil en el coche, así que me limité a arrancar unas cuantas moras, que aunque estaban negras y dulces, eran demasiado pequeñas. Desde ese día he pensado más de cuatro veces en esa zarza, y para ser una zarza me parece un número considerable. Funciona así: cojo un elemento completamente incierto de mi día (la zarza) y lo retuerzo hasta que no significa nada o hasta que significa todo o hasta que consigo trenzar en él la metáfora perfecta. Excepto porque una cosa así, la metáfora perfecta, no existe ni en este ni en otro mundo. No recuerdo bien en qué texto Anne Boyer escribe: una metáfora es una metáfora, no es una explicación. Lo subrayo. Lo mastico. Lo digiero. Se acomoda entre mis órganos. Sigo pensando en la zarza.
[mayo es el mes de María]
Mi primer recuerdo de un jardín no es un jardín: es mi madre robando rosas. Con su casi metro ochenta, que le avergonzó en otro tiempo, mi madre se encaramaba al murete de piedra de una casa cercana al colegio para desvalijar un rosal. Llevaba un cuchillito en el bolso, uno de sierra que formaba parte del juego de menaje que habíamos conseguido por puntos en el Lupa. La maniobra tenía lugar a la salida de clase, las rosas blancas permanecían toda la noche a remojo en un vaso y al día siguiente yo las llevaba al colegio con el tallo espinoso despellejado y envuelto en papel de albal rajado por las espinas. El primer miércoles de mayo subía como una novia la cuesta de mi colegio, convencida de estar a punto de dar el golpe, pero al llegar me encontraba al menos cuatro o cinco ramos primorosos con al menos cuatro o cinco variedades de flores distintas que escondían a cuatro o cinco niños detrás. Recuerdo los alhelíes como campanillas delicadas y minúsculas hechas de papel brillante. Me daba vergüenza la diferencia entre mis rosas robadas y los ramos despampanantes y comprados de los otros. Mi amiga Elena tampoco tenía un jardín, pero sí una tía propietaria de un vivero en el primer pueblo después de cruzar el puente. Así que aparecía con un ramo que no era un ramo sino más bien un centro de mesa, lleno de flores y celofán color uva. Sentía envidia. Es extraño porque junto con los nombres y los apellidos de todos mis compañeros de clase conservo la localización exacta de sus casas. Dónde estaban. Cómo eran. Quién tenía un jardín y quién no.
[a menta y a carbón]
Mi segundo recuerdo de un jardín es justo después de que mis padres se separaran. Yo tendría unos seis años y una emoción desbordante por la posibilidad, a mi juicio lujosa, de que fuéramos a tener dos casas. Mi padre se mudó a una urbanización de veraneo con un jardín de apartamentos diminutos. Eran tres bloques en forma de uve que tenían un jardín en medio, un jardín que en verano rebosaba de hortensias. Recuerdo, y quizá ni siquiera sucedió, esconderme dentro de los arbustos huecos y lamerme las costras de las rodillas y los codos. Jugábamos al pesque y yo perdía porque me daba la risa cuando quería salvarme. De los días con mi padre recuerdo además, otro jardín, uno a orillas de un acantilado propiedad de un amigo o un novio de mi padre: un jardín rodeado de setos ornamentales como un paraíso artificial, un jardín en el que bebía vasos y vasos de coca cola caliente, y en el que luego me quedaba dormida con el cuerpo atravesado entre dos sillas de plástico. Este, era un jardín cuidado hasta el mínimo detalle, porque de hecho su dueño, el amigo o novio, o amigo y después novio, o el novio y después amigo de mi padre era jardinero. Tenía unos parterres perfectamente geométricos tachonados con opalina y figuritas de hadas y duendes incrustadas en la tierra. Lo recuerdo todo palpitante y húmedo, como un laberinto con sombras azules. Lo recuerdo y al recordarlo me viene un olor a menta y a carbón de parrilla.
[lo que crece cuando nadie mira]
Ahora ya no vivo allí. Ya no vivo en el lugar ahogado de humedad en el que todo crecía verde y furioso. Ahora vivo en un barrio de una ciudad en el que los jardines (que no son jardines) crecen ingobernables en los descampados. Mi casa está a seis minutos exactos de la estación de tren y en ese trayecto tan breve se suceden cinco cuadrados de tierra vallada. Desde la acera observo las flores que para abril crecen entre basura y escombros. Mi favorita, aparte de la amapola, es una especie de orquídea salvaje. Una flor amontonada en capas rosas y púrpuras como un pastel expuesto en una confitería. Hace poco descubrí su identidad real: se llama lamio u ortiga muerta y es silvestre, comestible y de tallo algo peludo. En otro de los descampados, uno de los más sucios, hay una espina santa. Parece un milagro que en esa tierra de cristales y latas, abierta por el sol incluso cuando es invierno, pueda crecer un árbol tan imponente y aparentemente sano. Un vecino ha colocado una silla de madera con la pintura blanca algo saltada recostada sobre el tronco, así mientras su perro de raza peligrosa investiga el terreno, él lo mira desde allí, envuelto en la sombra del milagro.
[esta cosa o la otra]
Últimamente he estado pensando en cómo afrontar la escritura. Algo muy típico en mí, pensar en cómo afrontar la escritura, en lugar de ponerme a escribir. No he estado pensando en cuestiones prácticas, sino en cuestiones medio fantasmales. Después de quedarme abrumada y deprimida en medio de esa abstracción, he seguido. Y mi manera de seguir es, más o menos, chapucera y asilvestrada como esos terrenos salvajes y enrejados de los que hablo ahí arriba. Inmersa en esta deriva sobre lo que hago y por qué, me topé en internet con un texto de Raymond Carver llamado Escribir: “Los escritores no necesitan trucos ni artimañas, ni siquiera tienen por qué ser los chicos más inteligentes de la cuadra. A riesgo de parecer tonto, un escritor necesita a veces tan solo presenciar con la boca abierta esta cosa o la otra — un atardecer o un zapato viejo — en puro y absoluto asombro”. Entonces, la tarea se reduce a eso. Se reduce a eso y es mucho y es fácil y es muy difícil. Observar el ruibarbo de dimensiones jurásicas que mi padre tiene en la huerta. Observar las adelfas con sus flores rosas y sus hojas afiladas tratando de pinchar el aire. Observar las ortigas, los cardos y los jaramagos que crecen al borde del asfalto. Observar las babosas que se reproducen con sus mucosas turquesas como un alien entre el musgo. Observar los helechos que parecen flotar. Observarlo todo. Observarlo bien. Sigo pensando en la zarza.
Esas orquídeas de las que todavía no he podido hablar en esta newsletter.
De Astillero, para ser concreta.
Nunca nos hemos visto en persona. Y es una broma. Es una persona maravillosa y ojalá conocernos pronto in the flesh.



❤️
dos maravillas confluyen, ya era tiempo <3